Sí, no había duda era
él. ¿Qué hacía en Buenos Aires después de quince años? esto pensaba Gabriela,
mientras cruzaba la avenida para cerciorarse, de que realmente era él)
Se puso a la par de ese
hombre canoso que caminaba con un andar desgarbado y —le dijo:
— ¡Marcelo!
Él la miró sonriente.
—Me llamo Santiago, le contestó.
Un rubor subió a las
pálidas mejillas de Gabriela.
—Perdone, lo confundí con
un amigo que no veo desde hace muchos años, le dijo mientras se sacaba sus
anteojos de sol, para verlo mejor.
—Debo tener algún sosías
—le respondió Santiago, mirando los grandes ojos negros de esa bonita muchacha.
“Pero si es igual a
Marcelo… algo más canoso y delgado talvez… sus ojos son iguales, pero… no sé…
la mirada es distinta”.
—Mí amigo se fue a
España y pensé que había regresado —le dijo.
—Me interesa saber de
él, quizá mi padre ha andado haciendo travesuras por algún lado — ¿Por qué no
tomamos un café y me cuenta algo sobre Marcelo? –le dijo señalando un Bar que
estaba a veinte metros.
Ella le contó que
después de una relación de dos años él se había ido a España y nunca más lo
había visto.
Santiago le confesó que
hacía dos años que estaba separado y que tenía una hija de cinco que vivía con
su ex en Rosario.
Quedaron en encontrarse
al día siguiente y éste fue el inicio de una relación en la que Gabriela se fue
involucrando con rapidez.
Pasados dos meses, no
pensaba más que en él. Pero ella no tenía la libertad de Santiago: estaba
Pablo, su marido, Nahuel de diez años y la pequeña Pequi de cinco, que eran un
encanto.
Ella tenía un estudio de
diseño gráfico y hacía días que no podía concentrarse en su trabajo. Cinco
noches pasó sin dormir antes de pedirle el divorcio a Pablo.
Ella siguió en la casa,
hasta concretar el divorcio, a los chicos aún no les habían hablado de la
separación y Pablo trató de entenderla pero no pudo, se sintió destruido.
Jamás Gabriela había
engañado a su marido, se casó muy enamorada y llevaban una vida por demás
armónica. Lo que le pasaba a ella con Santiago nunca lo había experimentado con
otro hombre, era como si lo conociera desde muchos años atrás… tal vez desde
una vida anterior, se conocían sus gustos, sus reacciones y sus gestos.
Él trabajaba en una
empresa exportadora y por la noche se encontraban en Virrey Ceballos al 300,
donde Santiago tenía un pequeño departamento.
Pasado un tiempo, algo
cambió… Los encuentros se hicieron cada vez más espaciados, porque, según él, tenía
que encontrarse con clientes de la empresa.
Sí… Santiago sabía
cuánto ella lo amaba, pero quería terminar esa relación y tras una simulada
escena de celos, se alejó definitivamente.
Gabriela se marchó
llorando… era como si una parte de su ser se fuera con ese hombre.
Santiago se encaminó
hacia un pequeño restaurante de la avenida Belgrano, donde iba a cenar casi a
diario, allí encontró a Raúl; éste, más que un viejo amigo, era su confidente.
Le contó que ya había
roto con Gabriela.
No sé qué ganaste con todo esto —le dijo.
—Y… me quedó su lamento…
— ¿No te parece demasiado?
—Que va a ser demasiado. ¿Sabes cómo me
quedé después se que me dejó para casarse con ese tipo?
—Pero eso pasó hace quince años, Marcelo.
—Sí… pero vos fuiste testigo, me tuve que ir
a España para olvidarla, nunca más pude volver a enamorarme. ¡Arruinó mi
vida!
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