El cansancio me había
vencido en el largo trayecto desde Tucumán a Buenos Aires, en todo el viaje no
había podido dormir y ahora que faltaba poco para llegar, los párpados me
pesaban y el paisaje se estaba desdibujando.
No había llevado más
ropa interior que la puesta, por lo que decidí tomar por la avenida Santa fe en
busca de una lencería.
Me detuve frente a una
vidriera, pero todo lo que se veía eran tanguitas como las que usan las chicas.
Una fuerte presión de
alguien que me tomó por los hombros me paralizó. Una voz susurró a mi oído:
— ¿No le parece señora, que alguien que ha estudiado en un colegio de monjas no
se puede poner esas prendas?
La presión cedió, pero
el impacto me inmovilizó.
¿Quién me podría conocer
en Buenos Aires, y saber esas cosas de mi vida?
Lentamente me fui dando
vuelta, pero la sorpresa fue mayor cuando comprobé que detrás de mí no había
nadie.
La voz me recordaba a alguien,
pero yo no conocía a persona alguna en Buenos Aires.
Caminé unos pasos y fue
entonces cuando lo vi, se había escondido en la entrada de un negocio vecino
y espiaba. Era Norberto, con casi cuarenta años más, su pelo estaba
blanco y escaso, pero era Norberto con sus travesuras de siempre y su ropa
informal.
Después de que había
terminado su carrera en Bellas Artes, él se fue a Italia para hacer un curso en
restauración artística, que se dictaba en Florencia y nunca más había regresado
a Tucumán.
Yo era amiga de Marita,
su hermana, y Norberto había sido mi amor de adolescente.
La alegría me desbordó,
me recibió con un abrazo de oso como en otros tiempos y nos fuimos a tomar un
café para conversar tranquilos.
Me contó que después del
curso había conseguido trabajo en el Palacio Pitti como restaurador en la
Galería
Palatina.
— ¿Te jubilaste? —le
pregunté.
—No, ni pienso, mi
trabajo me apasiona.
—Pero algún día tendrás
que parar —le dije.
—Ni loco, estoy pasando
momentos brillantes en mi carrera. Me mandan para restaurar las obras de arte
más importantes de Italia, París, Madrid y toda Europa.
— ¿No te parece mucho
trabajo?
—Tengo gente que me
ayuda y a quien dirijo.
— ¿Te casaste? —le
pregunté
— Sí, con una italiana,
en Roma. El matrimonio duró sólo nueve años. Con ella tuve dos hijos que ya se
han casado y tengo una nieta: Marina que es mi debilidad. Hace dieciséis años
que estoy en pareja con una colombiana, armonizamos bastante pero no hemos
tenido hijos. Bueno. Contame de vos. ¿Te casaste? —me preguntó.
—Sí, ¿Te acordas
de Eduardo?, él estaba haciendo el profesorado de historia conmigo, con el que
vos me celabas tanto. Sí, al final me casé con Eduardo y nuestro matrimonio fue
muy feliz, tuvimos tres hijos, la mayor, Analía, y dos varones, los tres están
casados y tengo cinco nietos. Ahora estoy jubilada. Eduardo falleció hace un
año y mis amigas para animarme, me arrastran en sus viajes.
Me desperté con los
gritos y zamarreos de Esther que me decía:
—¡Vamos!, despiértate que llegamos a
Buenos Aires. ¿Tienes el ticket de las valijas?
Veinte días después,
regresé a Tucumán. Lo primero que hice fue visitarla a Marita para contarle el
sueño que había tenido con su hermano. Pero grande fue la sorpresa, cuando me
dijo que el hermano hacía veinte días que había fallecido. Una colombiana que
decía ser su pareja, le había avisado.
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